sábado, 26 de agosto de 2017

Cosas de la vida y crema de calabaza


¡Vaya veranito! y no es que no me guste el verano, que luego lo echaré de menos cuando entren los fríos, pero es que no tiene desperdicio y me está pasando de todo un poco. 

Después de descubrir el "olor del queso" me he tirado una temporadita (chiquita, pero menos da una piedra) en mi casita de las mariposas (por si alguien aún no las conoce, aquí podéis mirar). Hemos hecho excursiones, atravesando ríos, subiendo y bajando montones de cientos de metros, nos ha llovido a mares y nos hemos bañado en el lago, me he inflado de trabajar en el jardín (¡qué bien sienta para vivir cada momento a fondo y olvidar las penas!), hemos comido tomates, tomates y tomates, y nos han regalado esta calabacilla


También he leído mucho y me he inventado varias recetas, como la lasaña de ortigas, la panna cotta de frambuesas o los pastelillos de merengue y moras.

¿Y a ver qué hace una cuando le dan calabazas de este estilo?

Pues allá que me he puesto a cortar calabaza, invasión en la cocina, he congelado varias toneladas (no soy exagerá ni ná, parezco andaluza, ja, ja) y he llenado la cacerola más grande que tenía hasta el filo, dispuesta a hacer una cremita de calabaza. En principio los ingredientes eran sencillos:


Calabaza (por lo menos 1,5 kg)

Caldo vegetal

1 cebolla

Aceite de girasol

Sal

1 botecito de nata de avena

Pimienta

y lo típico, rehogar la cebollita picada y todo a la olla (menos la nata de avena) hasta que la calabaza este tierna y luego pasadas de minipimer, toque de nata de avena fuera del fuego y ¡lista!

Pero este verano tiene su gracia donde las abejas, y menos mal que soy de las que prueban las cosas (es que esta calabaza era rarita desde el principio), y ¡horror de los horrores!, ¡estaba amarga!, como os lo cuento, y el cachirolón de crema de calabaza amarga encima de la hornilla riéndose de mí.

La mano es para hacerse una idea del tamaño de la cacerola, pero creo que aquí se ve mejor:
 
 
Y como no soy nada partidaria de tirar comida, y además ¡¡taaaanta!! (por mucho que la calabaza fuera regalada), ya os podéis imaginar lo que he hecho  (seguro que ya conocéis la situación: algo sabe poco o tiene un regustillo, y empezáis a echarle una pizquita de esto, probáis, y... no, falta algo...., otra de aquello, y nada, que no, y las cantidades de sopa (o lo que sea) se van multiplicando, y ya que habéis echado tantas cosas, pues no es plan de tirarlo, y seguís, ja, ja. Pues ídem de ídem es lo que me ha pasado a mí). Estos son los ingredientes, por orden de aparición, que he ido echando poco a poco:

1 lata de leche de coco
Jengibre
2 cucharadas de azúcar de abedul (xilitol)
2 o 3 patatas cocidas
1 cucharada de aceite de coco
Levadura nutricional (al gusto)

Las patatas eran ya casi a la desesperada, y como tenía unas patatas cocidas, he sacado un poco de crema de calabaza y las he batido aparte para incorporarlas luego a la crema.

Y no es que se le haya ido del todo el amargor, pero he conseguido (medio) salvarla, y anda que no me he inventado una receta de crema de calabaza bien rica! Mú costeá y con mucho alimento, como diría mi abuela.


Con el resto de la calabaza tengo para ponerlas en adobillo, hacer una olla gitana, un cocido de garbanzos con habichuelas y calabaza, un bizcocho de calabaza (como el de batata, pero cambiando la batata por calabaza) y creo que aún me sobra, la he probado en crudo y no sabe amarga, seguro que con los líos del viaje de vuelta se ha llevado más de un golpe y he pillado un trozo amargo sin darme cuenta (como con los pepinos), en fin, cosas de la vida, así es este verano 😕.




Pero que a nadie le amargue una calabaza, así que ¡a disfrutar, que son dos días! 😊




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